miércoles, agosto 02, 2006

PRÓLOGO

Día a día me hastiaba, cansado del ir y venir de la vida actual. Imaginaba que algún lugar existiría donde escapar se pudiese de los ruidos insoportables, de los rostros enfurecidos y donde el aire fuera puro. Ese último día llegó al fin; ese día en que decidí buscar un lugar donde el sosiego permitiera a mi mente meditar; así oír la voz de la inspiración acallada y volverme dichoso al escapar del mundanal ruido. Gris era el día; llegaban ecos de una incipiente guerra en tierras lejanas y las voces de inútiles políticos, preocupados más bien de llenar el bolsillo y de escurrir el bulto que de ayudar al pueblo llano sufriente de la demencia humana. Otro día más no podía pasar.
Camino puse a mis pies; por maleta lo imprescindible y el destino incierto, a donde el instinto me guiara y la intuición me arrastrara. A mi mente acudió un recuerdo, de cuando era un niño, de unas vacaciones en un pueblo, apartado, silencioso, agradable, rodeado de naturaleza, el lugar buscado. La respuesta había surgido, el camino tenía ya su destino y pronto me dirigí a la estación de trenes, como recordaba que en aquel tiempo había hecho junto a mis padres y tomé el primer tren que a la libertad sensorial íbame a llevar. Imaginábame ya allí, tranquilo, disfrutando del rumor del viento entre los árboles y del murmullo del agua del riachuelo que sigue la ruta marcada, y reíame mientras observaba a mis congéneres, llenos de prisa, mirando al suelo e iracundos ante cualquier pequeño imprevisto que retardase su paso por unos breves segundos. Marcó el reloj la hora estimada cuando la megafonía de la estación anunciaba la llegada del ansiado tren. Acomodado, apenas, el tren reemprendió la marcha; de mis alforjas extraje un libro de poesía, para amenizarme el viaje, cuando el paisaje no fuera de mi agrado. Contemplé en esta travesía cómo la intervención humana había violado la armonía de la naturaleza en algunos paisajes; en otros, cómo el fuego había a cenizas reducido la anterior vida vegetal, muchas veces por la negligente mano del ser humano, otras veces por la malevolencia de las mentes retorcidas, malvadas, irresponsables dignas de ser encerradas en la más oscura celda, para que en medio de la oscuridad fueran capaces de reflexionar sobre sus actos. Origen de múltiples males es el hombre, mas también de cosas bellas, pues no todos los corazones son iguales y frente a aquellos que sólo piensan en la destrucción y el dinero en su bolsillo, otros luchan por un mundo mejor donde haya más igualdades y se conviva con la naturaleza en armonía perfecta.
El tren llegó a la estación donde me tenía que bajar. En mis prisas nada había cogido de avituallamiento y mi pobre estómago rugía, manifestando su deseo de ser satisfecho en la mayor brevedad posible. No queriendo detener por mucho tiempo mi camino compré un simple bocadillo, el cual me fui comiendo, degustando mientras caminaba. Aquel simple alimento súpome como el mejor de los manjares, el más refinado. Y es que en muchas ocasiones lo más sencillo es lo que te proporciona mayor placer.
Como aquella otra vez, tomé un autocar, uno de ésos de línea que recorren múltiples pueblos. En mi recorrido observé cómo la llamada civilización había transformado algunos pueblos en miniciudades, carentes de todo interés para aquél que ansía la vida relajada en contacto con la naturaleza.
Al fin llegué al destino, al lugar deseado, después de un fatigoso viaje a causa del asfixiante ambiente de aquel vehículo. Mas la pena habría valido cuando al fin disfrutase de aquello que buscaba.
Sorpresa, empero, me causó cuando mi vista dirigí al pueblo y descubrí que aquel lugar apacible, que recordaba, había sido manipulado. Aquellas casas de única planta, o como mucho de dos plantas, habían sido reemplazadas –salvo algunas supervivientes- por edificios altos de más de cuatro alturas. Por un momento temí el haberme equivocado de pueblo, mas pronto un letrero del Ayuntamiento sacóme de dudas. Puse en movimiento mi cuerpo, intentando encontrar algo de lo que yo recordaba. Poco quedaba de aquellos recuerdos. Abatido, ante la proximidad de la noche, decidí buscar alojamiento donde pasarla y así meditar dónde buscar lo que anhelaba. Nada fácil iba a ser.
En mi camino se cruzó un aldeano, de los antiguos tenía el aspecto. Me acerqué, le saludé y pregunté por un buen lugar donde pasar la noche. No habíame equivocado y en efecto era uno de los antiguos. Me dio referencias de una casa que alquilaba un vecino, una pequeñita de las de antaño, ya que él había preferido irse a vivir a uno de aquellos bloques de pisos.
- No lo llego a entender. Con lo a gusto que se está en nuestras casas – manifestó su perplejidad ante tal hecho.
No pude menos que darle la razón. Digno este hombre de confidencias, le expresé mi disgusto por aquel cambio sufrido. Le hablé de mis recuerdos infantiles y lo que andaba buscando.
- Poco queda, desgraciadamente, de aquella tranquilidad y de aquel paraje –sus palabras denotaban la nostalgia por aquellos días -. Pero aún existe algo, aunque no creo que tarde mucho en desaparecer. Venga, se lo mostraré –me hizo ademán con su mano derecha; no dudé en seguirlo-. Quizá sea de los últimos que lo contemple. ¿Quién lo sabe?... –la angustia se hizo presente en sus palabras-. ¿Quién lo sabe? -volvió a preguntarse, en este caso de un modo más bajo, como hablando para sí mismo, ajeno a mi compañía.
Cruzamos el pueblo subimos una pequeña elevación del terreno por la que ascendía un camino y en la cumbre nos refugiamos bajo la sombra de un viejo olmo, que en su tronco cicatrices de algún rayo se mostraban; antiguo testigo de la historia del pueblo y guardián del paraje, que, impotente, había presenciado aquel rápido cambio que alteraba todo lo antiguo.
Desde allí, pude contemplar el pequeño riachuelo que ofrecía sus aguas al pueblo y a los animales. Más allá, un bosque, espeso, rebosante de vida, cuyo color verde refulgía con los rayos del sol. Por doquier, las florecillas silvestres se erguían entre la verde hierba. Como había dicho mi guía, aún permanecía algo de aquellos recuerdos infantiles.
Aquel bosque llamóme la atención. Inquirí sobre él a mi grata compañía. Su semblante cambió. Nervioso noté que se ponía, alterado ante aquella pregunta.
- ¡Oh! El bosque. Aléjese de ese lugar, no penetre en él. No es seguro –me respondió de forma tajante.
El sol se ponía y la luz mortecina iluminaba de forma muy hermosa aquel paisaje. Sin duda eran los restos de lo que anhelaba, aquel espectáculo capaz de inspirar una poesía o una pintura, como aquel cuadro que acababa de contemplar.
- ¿Por qué es un lugar tan peligroso ese bosque? –pregunté tras volver a la realidad, picado por el aguijón de la curiosidad.
- ¡Oh! El que se adentra en él, ya no regresa. Dicen que allí vive un gran mal. Regresemos –volvió a hacerme un ademán de que le siguiera-. Le acompañaré a su alojamiento así le contaré la leyenda de ese lugar. Si a usted le gustan estos relatos de viejas –me sonrió-. Aunque son verdad -añadió.
- Por supuesto que me gustaría oírlo.
- Es tarde, venga a mi casa.

Por la noche, echado en la cama, decidí visitar aquel bosque. La historia no me asustaba –quizá algún día la cuente-. mas ahora es el tiempo de dormirse, pues esperaba un día largo, en que los pies tendrían que afrontar un camino largo.

9 comentarios:

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...

Al fin parece que las letras han encontrado su sitio en esta red de redes...pero no deje que la ciudad caiga en malas manos, y las musas se vean en el exilio
Adelante!!

Diego Vicente Sobradillo dijo...

Muchas gracias por su comentario, querido amigo. Confiemos en que las murallas que se van a edificar resistan cualquier ataque.

Kolaios de Samos dijo...

Don Diego, haga caso omiso a aquellos que se parapetan en el anonimato y en la zafiedad, carentes de argumentos para ofrecer una sola crítica constructiva. Y prosiga con el relato de tan atribulado viaje, a la espera de internarse en tan misterioso bosque. Confío en que nos ofrecerá grandes dosis de emoción, acompañadas de interesantes reflexiones introspectivas.

Un saludo cofrade pucelano!

Getafense dijo...

Hola, desde mi mas humilde opinión y absoluta ignorancia sobre la lingüística, creo que excedes de términos como "imaginabame o habíame", y que en algunos parrafos se podrían obviar hechos que no tienen importancia para el relato.
Por lo demás ójala que continues con el relato mejorando cosillas para tener al espectador más pendiente de tu historia.
Espero que aceptes esta crítica y que pase la censura.
Se despide un aficionado del Getafe

p.d Viva el GETAFE

Diego Vicente Sobradillo dijo...

Amigo Getafense, gracias por tus comentarios, las críticas de este sentido son bien recibidas. Con respecto al comentario del usuario anónimo no entiendo muy bien a qué viene la pregunta con respecto al tema del blog. Por respeto contestaré a tu pregunta sin que sirva de precedente: no, no soy gay.

Diego Vicente Sobradillo dijo...
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